miércoles, 30 de mayo de 2012

Las Bridas





por Juan Manuel López Baio
24.agosto.2013

Más allá de las problemáticas posmodernas respecto al fin de los géneros (del autor, la historia, y de otros tantos casilleros), el terror como territorio específico nos acompaña por lo menos desde los inicios del relato oral, allá en la bruma de nuestros comienzos. Pero, habiendo dejado su huella más o menos profunda en todas las artes, es en el siglo XX y en el lenguaje del cine, donde la producción cristaliza una serie de procedimientos que lo llevarán a su máxima popularidad, producto de masas en sus más altas y decadentes expresiones. El suspenso, templado hasta la arista insoportable que conduce al espanto y la convulsión, se construye en él a partir de una meticulosa arquitectura de planos detalle, secuencias vertiginosas, bandas sonoras sugestivas, bruscas elipsis y efectos cinematográficos de todo tipo, y adquiere allí su carácter específicamente moderno. El desafío es intrigante: ¿cómo convocar ese oscuro desasosiego contandosólo con la presencia continua de unos cuerpos en el espacio?

Las Bridas se mete sin previo anuncio en ese agujero tenebroso y apuesta por reencontrar sobre el escenario el hilo rojo de nuestros miedos atávicos. La anécdota es sencilla: una familia, casa de campo en un pasado no muy lejano, las tres hermanas (Elizabeth, Angelita y Teresita) cuidan del Tata postrado, realizan tareas rurales, rezan a la luz de las velas. La llegada de dos extrañas mujeres (Amalia y Amelia) en medio de la noche será el comienzo de un movimiento pavoroso hacia las regiones sombrías donde el Mal se manifiesta. Ritos antiguos, siniestros arcanos, posesiones demoníacas... la destrucción se cierne, implacable, sobre la humilde morada.

domingo, 6 de mayo de 2012

Salomé de chacra



por Juan Manuel López Baio
06.mayo.2012

In media res, exclama el Gruinguete a viva voz al comenzar la obra. Voz viva y extraña, nasal, temblorosa, con grumos, como si la faena cruenta del peón, ejecutada sin descanso, se hubiera consustanciado con su ser al punto de chorrearse por sus entonaciones y movimientos espasmódicos. In media res, dice, y en una frase tan simple sintetiza la feraz transposición de la tragedia bíblica a la pampeana, de la res filosófica a la bovina. Corifeo que prologa la acción para inmediatamente tomar parte decisiva en mitad de la cosa.

¡Y vaya cosa! Los pesados portones de chapa de esta chacra de perturbado ensueño son abiertos por el Gruinguete para presentarnos a Herodes, el chacarero, Cochonga, su mujer y viuda de su finado hermano el Aaroncito, y Salomé, la hija de Cochonga y sobrina de Herodes, recién llegada al lugar. Y al abrirse los portones lo primero que salta y se zambulle directo en nuestras retinas es la filigrana cromática de una escenografía que abreva en los matices herrumbrosos y oscuros del fierro viejo y el despliegue de saturados rojos, azules y amarillos propio de la santería popular gauchesca, construyendo con una miríada de objetos y detalles el enclave donde la hybris, ardiente flor de una noche, puede aparecer.