lunes, 25 de junio de 2012

Un poyo rojo

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por Juan Manuel López Baio
25.junio.2012

Se habla con frecuencia en nuestro medio del “cruce de disciplinas”, esa amalgama de flujos diversos que la modernidad tardía celebra y propicia. En las artes performáticas que se proponen explícitamente esta meta nos encontramos a veces con resultados interesantes, llamativos, heteróclitos, incluso cautivantes, pero de los que no podemos dejar de visualizar (más o menos disimuladas según la estética) las costuras por las cuales esa heterogeneidad de lenguajes ha dado en organizarse de alguna forma presumiblemente nueva. Costuras que evidencian un origen ideológico, una voluntad conceptual de orden y posicionamiento a priori, que no se corresponden con el acontecimiento del hallazgo, en el magma de lo caótico, del elusivo pez dorado... por utilizar una de las tantas imágenes poéticas que refieren al misterio último del arte como aventura del espíritu (si me disculpan el exabrupto de lirismo). Pienso que tal vez este sea un obstáculo ineludible, de época, en lo que de todos modos sea, en ciertos casos, una búsqueda genuina.

Desde esta perspectiva Un poyo rojo aparece como un feliz descubrimiento. Sin grandes aspavientos, la obra se presenta a sí misma con sencillez, como lo que es: teatro físico. Pero, ¿qué significa exactamente esto? Partamos de algunas observaciones, no para llegar a una respuesta, sino para cargar de sentidos la pregunta.